Llevas años agradando a personas que no te eligieron
Conocer a alguien de verdad es casi imposible. No porque la gente sea compleja — sino porque nadie se quiere mostrar como es. Y el primero en esa lista, muchas veces, eres tú.
Todos llegamos al mundo con ese modo automático ya instalado: agradar.
Lo aprendemos desde niños. Recuerdo que de pequeño me llevaban a casas ajenas y siempre había una señora que olía a perfume de farmacia y quería abrazarme. La regla tácita era sonreír y recibir el abrazo. Lo de la comida era peor — te ponían en el plato algo que jamás pediste, y tu mamá, con una sonrisa de cerámica y hablando entre dientes, decía: "te lo comes todo". jajaja
Yo era ese niño raro que no quería el abrazo. Que se negaba a ir a ciertas casas. Que prefería estar solo antes que correr con todos en un parque ruidoso y lleno de gritos. Rebelde, sin mucha razón aparente.
Pero de más joven… aceptaba todo. Sonreía a todo.
Ya no. Y me siento mejor así.
Lo que poca gente te dice es que ese instinto de pertenecer no es capricho emocional. Es primitivo. Tu cerebro más antiguo — el que no lee libros de autoconocimiento — recuerda que en la prehistoria quedarse fuera del clan era peligroso de verdad. Sin el grupo, eras presa fácil. Y eso sigue operando. Lo activa cualquier cosa: un trabajo nuevo, una relación que comienza, entrar a un grupo. El sistema se enciende y empieza a ajustarte, a doblegarte, para que encajes.
El problema es que muchos adultos nunca apagaron ese switch.
Y así siguen: manteniendo personas, trabajos, amistades, que si fueran radicalmente honestos consigo mismos, jamás elegirían.
Hay un principio que atribuyen a Jim Rohn — y que investigadores del comportamiento social como Nicholas Christakis han respaldado — que dice que eres el resultado de las cinco personas con las que más te relacionas. No sus palabras. Sus hábitos. Su nivel de exigencia. Su forma de ver el mundo. Todo eso te moldea sin pedirte permiso.
Te voy a dar mi fórmula. La que a mí me funcionó. No te la doy como teoría — te la doy porque la apliqué y cambió con quién me rodeo.
Cada persona con la que te relaciones, evalúala con estas preguntas:
¿Quién soy cuando estoy cerca de esa persona — soy más yo o menos yo? ¿Cómo termino después de estar con ella — con más energía o sin ella? ¿Qué me suma esta persona? ¿Qué he aprendido con ella? ¿Cuánto he avanzado en algo desde que está en mi vida?
No las respondas rápido. Siéntate con cada una. Porque la respuesta honesta no llega en el primer segundo — llega cuando dejas de defenderte a ti mismo.
No es para juzgar a nadie. Es para entenderte a ti. Y te lo digo: las respuestas me dijeron más sobre mí que sobre ellos.
Porque cuando dejas de sostener lo que no va contigo, aparece algo que habías olvidado: tiempo. Tiempo real. Para ti, para lo que te importa, para las personas que sí suman.
Esto no pasó de golpe en mi vida. Ocurrió al meditar, al escribir, al conocerme un poco más cada semana. Y sobre todo al entender algo que parece egoísta pero no lo es: si tú no estás bien, no puedes sostener a nadie.
Muy pronto te anuncio nuestra meditación privada. Si todavía no has escuchado la meditación que te recomendé la vez pasada, aquí te la dejo: https://youtu.be/2apOkbbS64g
Y si estás en medio de una situación que se repite — en relaciones, en decisiones, en patrones que no entiendes de dónde vienen — aquí puedes pedir una cita conmigo: https://calendly.com/angelgabrielnovoa_ Son pocas. Si lo estás pensando, no lo dejes para después.
Nos vemos en el próximo correo, espero te haya servido.
Que tengas un gran día! Ángel Gabriel Novoa.